lunes, 23 de diciembre de 2002

David Bisbal, el alumno aventajado de 'OT' se gradúa

Coincidiendo con el inicio de las vacaciones navideñas, la primera camada de Operación Triunfo cerró temporada con dos citas davidianas simultáneas: Bisbal en Barcelona y Bustamante en Madrid. Barcelona salía ganando. Mientras el cántabro no pasa de animal televisivo, Bisbal es un animal escénico excepcional. El escenario del Sant Jordi se le puede quedar grande en muchas cosas, pero no en extensión. De un lado a otro incesantemente, lo pone a sus pies, eclipsa a cada pirueta la precariedad y dudoso acierto del resto del espectáculo.

Como cantante tiene demasiadas ganas de demostrar sus dotes, y en más de una ocasión resbala en plena pirueta vocal. Pero ese mismo ángel que tiene cantando, lo desprende también su personalidad. Mirado con buenos ojos, que aquello pareciera más una fiesta de fin de curso que un Sant Jordi como Dios manda, jugó a favor y no en contra. Uno hasta termina creyéndose tanto entusiasmo e ingenuidad.

Si Dígale es su canción más hermosa y Ave María la más impactante, Lloraré las penas le permite marcar su propio terreno como ninguna. Abusó de versiones previsibles, aunque el pasodoble en honor a Almería sirvió para demostrar lo que desde hace tiempo se intuía: del mismo modo que sus arranques flamencos suenan casi tan forzados como los de El Chaval de la Peca, emociona y convence cuando le sale la vena coplera.

Desde los años 70 no irrumpía en su género --y en nuestro país-- un intérprete masculino tan brillante. Sin tener una personalidad vocal definida, tampoco es un clon de nadie. Por ello desconcierta ese empeño en aludir una y otra vez a Luis Miguel: versiona cuatro de sus piezas míticas, abre y cierra con su canción más luismigueliana (Cómo será) y hasta le copia su característico saludo militar. Como cuadrándose ante él. Mejor que no se atreva a hacerlo en Latinoamérica. Anteanoche sin embargo, los errores de aprendiz de nuevo fueron viento a su favor. Más que el académico e impoluto imitador, parecía un marinero raso que coge el timón y descubre un nuevo mundo, sin terminárselo él mismo de creer.

"Marco de lujo para una fiesta de fin de curso. Eso si, con matricula de Honor."