lunes, 28 de julio de 2008

David Bisbal: "Flipé más con las plegadas que yendo a 300 kms/h"

Escoltado por Nieto y Crivillé, David amenizó el GP de EEUU en TVE y se atrevió a subirse a la bestial Ducati biplaza.
 
Para que se haga cargo del tipo de entrevista: se me antoja usted un tipo muy atrevido pues, al parecer, se subió a la Ducati biplaza de gran premio sin saber quién era su piloto, el yankee
 
Mire, puede que sea un triunfito con pocos estudios y que me gane la vida, simplemente, cantando, pero no tengo un pelo de tonto, así que no dude que me pasé el fin de semana preguntándoles a Nieto y Crivillé, mis colegas en Laguna Seca, quién era el tipo que pilotaba esepepino.
 
Y qué le contaron?
 
Lo suficiente como para subirme tranquilo; bueno, tranquilo, tranquilo, no, pero confiado en la moto. Me dijeron que Randy eran un grandioso profesional, cuatro veces subcampeón del mundo y que jamás había tirado a invitado alguno.
 
Y así se dispuso a disfrutar de lo que es una experiencia inigualable.
 
Lo primero que hizo Randy fue darnos ciertas instrucciones pues, aunque reconoce que solo va al 60% de como van los pilotos en carrera, la verdad es que va a saco. Nos dijo que nos acoplásemos a su cuerpo y que nos agarráramos bien a las asas que lleva latwo seateren el depósito. Su intención, contó, era que viviésemos parecidas sensaciones a las que siente un piloto durante el gran premio.
 
Por su expresión al quitarse el casco, debió disfrutar de lo lindo.
 
Fue algo maravilloso, emocionante. Le agradecí a Randy que me hiciera pasar un momento irrepetible, de enorme pasión. Hubieron varias cosas que me impresionaron muchísimo. Una, la aceleración. Ciertamente, si no te agarras a las asas, volarías como si fueses la capa de Superman. Dos, la frenada. ¡Impresionante!, llega el tipo a tope y, en metros, la clava para meterse en la curva. Tres, la velocidad punta. Bestial!, aunque yendo detrás la notas menos. Y, cuatro, lo que más: las plegadas en curva. Jo!, eso es una flipada, casi rozas el codo por el asfalto. Esos neumáticos se pegan que no veas, son auténticos chicles. Flipé más con las plegadas, que yendo a 300 kms/h.
 
O sea, que se sintió Rossi, Stoner, Pedrosa y Lorenzo a la vez.
 
Cuando te bajas de la moto, los admiras aún más, aunque eso, en mi caso, es casi imposible, ¡imposible!
 
Por cierto, también tuvo la ocasión de saludar a Tom Cruise y Katie Holmes, su esposa. ¿No le pareció que Cruise era muy bajito?
 
Bajito? No me fijé demasiado.
 
Yo me llevé una decepción, lo creía más alto. Claro que leí que en la foto de su boda hizo trampas para situar su cabeza a la altura de la de su esposa, algo más alta.
 
Nunca me fijo en la estatura de la gente, ni me importa. Hablé con él y se pasó el rato piropeando a España.
 
Esa es la huella de Penélope.
 
Puede, no sé, pero me dijo que le encantaba España, su cultura, el país entero, sus gentes, su historia y, sobre todo, el flamenco, que le encantaba el flamenco. Gran tipo, sí.
 
Y usted, qué, sacando pecho como todo buen español, ¿no?
 
No sé si lo dice en broma. Diría que no, pero le digo que en el mundo se valora mucho todo lo español.
 
A nivel deportivo más, pues lo estamos ganando todo o casi todo.
 
De EEUU volé a México y allí, en la gala de presentación de una telenovela, cuya sintonía es mi canción Juro que te amo, cinco futbolistas del América me felicitaron en público por la conquista de la Eurocopa. Y, ahora, mire, el tercer Tour consecutivo, para de Carlos Sastre.
 
¿También le gusta el ciclismo?
 
Ya veo que conoce poco de mi vida. ¡Yo fui ciclista! Estuve a punto de ser profesional, pero lo dejé porque, cuando militaba en el equipo Yoplait, me prohibían salir de fiesta por la noche y, pensé, ni hablar, esto no es para mí. Ahora me consuelo con salir a dar una vuelta con mi amigo Pep Poblet, el mejor saxofonista del mundo. Me disfrazo, me pongo el casco y las gafas, y disfruto.
 
Solo le falta decirme que es amigo del gran, del grandioso, Induráin.
 
Pues sí, mire, soy amigo de Miguelón, sí. Amigo, amigo, no sé, pero lo conocí, nos caímos de maravilla y algún contacto mantenemos.
 
Se está quedando conmigo, fijo.
 
No tengo necesidad. Ocurrió en la gran gira de OT. Llegamos a Pamplona y, de pronto, estando en la habitación del hotel, me pasan una llamada. "Miguel Induráin pregunta por usted, ¿le paso la llamada?", me preguntó la telefonista. ¡Miguel Induráin!, joder, claro, "pásela, pásela". Y, sí, sí, era Induráin, en persona.
 
¿Y qué quería: un autógrafo, una canción, una foto dedicada?
 
Pues no, algo tan sencillo como una entrada para la gala de aquella noche. Nekane, su hermana pequeña, se había quedado sin entrada. "Te la acerco a tu casa", le dije, ilusionado por estrechar su mano. "¡Ni hablar!", me dijo, "vengo yo al hotel y así nos conocemos". Y, sí, sí, vino al hotel y lo pasamos en grande. Miguelón, ¡vaya uno!. Otro de los grandes, pero de los de verdad.